Son esos copos los que colmaron mi angustia. Lo blanco sobre lo negro y el frío hasta los huesos. El uniforme siempre gris alegrado por gotas finas de agua de nubes. Ojalá lo hubierais visto con mis ojos, a través de aquella ventana empañada por el calor de los radiadores, sintiendo algo en el pecho. Ojalá hubieras estado allí, conmigo, debajo de la manta de nieve, rozando esas manos frías, calentándote los labios a mordiscos. Si hubiera sido diciembre esto parecería una película.
Ni lágrimas, ni llantos ni sollozos a la almohada. Tenía poco tiempo para ser feliz, por que el final del día de lo que todos llamamos vida estaba llegando a las veinticuatro horas. Ni la guitarra, ni su música ni sus medias rotas. Me hacía falta aquella puta sonrisa cruzando la esquina, con las manos en los bolsillos y mi nombre en sus labios.
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