Cruzabas con botas amarillas el
cruce de peatones blanco y negro en una mañana tan gris como aquella. El
semáforo estaba en rojo y en tu mano había un verde. La falda morada y la blusa
beige volaban de acera a acera ante los focos expectantes de los coches.
Sonreíste, y el cielo se volvió azul con pinceladas burdeos. Estabas pintando
de color Madrid.
El bolso violeta, que solo iba a
juego con tus braguitas de encaje, vaivenía en cada paso. Los ojos marrones de
todos los peatones se perdían en tu movimiento de caderas y en tus tacones
altos. Mira como cogía color la puta de la mañana. Viniste cantando algo en
bajito, como susurrándoselo al naranja del amanecer. Me manchaste de rosa los
labios. Te rodeé con un brazo y te alcé dándote un par de vueltas. El rosa ya
no me importaba, y entre el porro y el beso me estaba quedando sin aliento.
Joder, como me gustaba ese sabor de saliva rota con el grinder. Te bajé al
suelo y nos fuimos paseando hasta tu piso.

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